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En el año 2004, aplicando la paridad monetaria
de entonces del euro contra el dólar americano,
España fue la octava potencia económica mundial,
con un Producto Interior Bruto de un
billón cuarenta mil millones de dólares (1,04
billones de dólares), 45.000 millones de dólares
más que Canadá, 400.000 millones de dólares
más que Brasil o que Holanda. Es el resultado
de un fuerte crecimiento económico real
de los últimos diez años, de una inflación claramente
superior a la media de la Unión
Europea de los 25 -de hecho en el año 2005
hemos sido la tercera inflación más alta de
Europa después de Letonia y de Eslovaquia- y
de que la debilidad del dólar respecto al euro se
acentuó fuertemente en el año 2004..
También es cierto que hemos pasado de un
ingreso per cápita (medido con paridades de
poder de compra) que había descendido en el
año 93 a alrededor del 78% de la media europea
de los 15, a superar hoy el 90% de esa
media de ingresos per capita de los 15 y prácticamente
a igualar la media de la Unión
Europea de los 25. Hemos creado también más
de un 50% de empleo, pasando de un poco
más de doce millones de empleos a más de
diecinueve millones en diez años. Tenemos una
economía decididamente volcada al exterior de
forma que la suma de las importaciones y las
exportaciones de mercancías y servicios suponen
ya el 58% del PIB, superior, ligeramente,
pero superior, al de nuestros vecinos Francia e
Italia. Y todo ello lo hemos conseguido con un
superávit en el presupuesto del Estado. Hemos
logrado una definitiva internacionalización de la
empresa española en sectores tan importantes
como el financiero, las telecomunicaciones, la
moda, la energía, la construcción, y observamos
que en nuestras empresas el beneficio
sobre el valor añadido es el más alto de nuestra
historia. Además, la morosidad del sistema
financiero es bajísima. Por lo tanto, parece que
algo de milagro sí que estamos viviendo.
Recordando el escaso crecimiento económico
del primer lustro de los años 90 (hace poco
más de diez años), el abultado déficit público
de entonces (que llegó a alcanzar el 8-9% del
PIB algunos años), la inflación galopante, el
desbocado interés del dinero, la altísima tasa
de desempleo (que superó algún año el 23% de
la población activa), en principio sería correcto
llamar milagrosa a la profunda transformación
que ha sufrido la economía española en estos últimos doce años.
Sin embargo, la OCDE nos alerta de que hay
una asimetría importante entre el crecimiento
de nuestra economía y su modernización. Si
pasamos revista a lo que llamaríamos los indicadores
más apropiados para poder valorar la
salud económica de una sociedad moderna,
como pueden ser la innovación, el I+D, la educación,
la productividad, las patentes, veremos
que seguramente ahí no estamos tan bien. Por
lo tanto, lo nuestro es un milagro.
Efectivamente, un reciente estudio de la
Comisión Europea, en su ya quinta edición,
destaca que España es el único país de la Unión
Europea de los 15 que pierde terreno en innovación.
España ocupa el número 21, dos más
atrás que en el año 2004, entre los 33 países
analizados. En la Unión Europea de los 25
hemos retrocedido al puesto 16, por detrás de
países como Hungría o Eslovenia, por nuestro
deterioro en educación, desarrollo tecnológico
y patentes. |